Historia de un martes de cervezas y una motocicleta

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Bomba atómica

SOLEDAD 2

Si fuera un buen dibujante, dibujaría la soledad como ese momento en que buscando seguridad, los ciudadanos, se esconden en sus bunkers esperando la detonación de la bomba atómica, que está próxima a caer.

Y la bomba cayendo.

La bomba, de nombre Máxima, se detiene un segundo antes de destruirlo todo. Observa. Suspira al saber que finalmente cumplirá su destino poético: acabar con la soledad del mundo.

Así, no importa la vida ni los días, si el sol nace o se pone, si las abejas zumbaron hoy o si las ratas del laboratorio desayunaron. La soledad llega y postra sobre todos, sobre todo y, sobretodo, consume todo.

No le importa (a la soledad) si quedas.

Y qué decir de unas copas con amigos o si la mujer más guapa de la ciudad se sienta contigo en una banca, visto desde arriba, todo es efímero, todo se va, vuelve y se va, Máxima se va pero la soledad se queda.

Trotamarilla

 

Retama era una trotamarilla y, como toda trotamarilla, vivía paseando y saltando entre objetos y luces de tonalidades amarillas. Le gustaba mucho dejar que la suerte y el azar fueran quienes dirigieran su destino. Amaba las mañanas en que amanecía en lugares nuevos y extraños.

Sigue en: Trotamarilla  (Salto al reverso)

Para Rebeca

El insoportable peso de tu ausencia es solo una pequeña piedra en el tormentoso camino recorrido en los últimos días contigo.
He de confesar que el amor que te tengo no ha disminuido, pero tristemente tampoco ha aumentado desde ese primer día en que te vi sonriente en aquel jardín.
Rebeca, esta noche te digo adiós como parte de la formalidad que te mereces, que merece lo que ha existido hasta hoy entre nosotros y lo que dejará de ser después de que termines de leer esta carta.
Rebeca, pongamos una fecha, hoy, y dejemos que nuestras oscuras golondrinas aniden libremente dónde quieran.

Luzia.

La noche del 02 de septiembre de 2018, se incendió un museo muy importante de la ciudad de Río de Janeiro. Cuando supe la noticia me acordé de la Abadía del libro “El nombre de la rosa”.

En @lasparedesrosas compartí este pequeño texto:

pared rosa leonora carrington museo
Fotografía cortesía de Rocío Solís.

Al menos que alguien lo cuente, los museos y las catedrales solo se incendiarán una vez.

Hace días Luzia se fue para siempre. Llegó un cometa por ella. Me abandonó vestida de flores rojas y luciérnagas amarillas. Se llevó consigo canciones de cuna, fogatas de luz de luna y constelaciones que jamás volverán a ser señaladas.
Se fue a descansar con el Dios Venado, el Dios Jaguar y el Dios Primer Hombre.
Consigo también se fueron las primeras historias de amor de las américas, cielos rojos y azules que nunca volverán porque se fueron en sus ojos, pinturas y partituras, lanzas de guerreros y armas punzocortantes usadas para derrotar tiranos.
Los últimos años no me dirigió ninguna palabra. Sabia que algún día se iría para siempre y así fue.
Se largó sin despedirse. Se llevó todo en una parafernalia de luz y fuego, de hierro derretido y vidrios explotantes.
Sin embargo, me gusta creer que Luzia se fue a un lago en el cielo, para poder volver a ser carne.

Fotografía cortesía de Rocío Solís, en el museo de arte Contemporáneo de la Ciudad de México, exposición temporal de Leonora Carrington.

comparto el link de la página de Facebook:

@lasparedesrosas

 

Obituario de Cecilia Romero Torres

Desde Salto al reverso

SALTO AL REVERSO

Cecilia Romero Torres, la histriónica danzante que vivía en la colonia Santa Lucia, amaneció colgada de uno de los árboles de tamarindo del patio de su casa.

Bajo el tambaleo de su cuerpo, han sido días de mucho viento, Cecilia dejó colgando de su tobillo izquierdo una carta de despedida amarrada con un pequeño listón rosa.

La carta, sin destinatario particular, decía:

Me voy porque el mundo, ese teatro que tantos aplausos me ha negado, se ha reído de mí por última ocasión. Su broma final fue una estocada directa a mi corazón, me dañó el orgullo y todo el amor que llevaba colectando durante veintisiete años. Habiendo tanto talento, decide que la actriz principal de tan terrible acto sea, maldita sea, mi Rebeca.

Si algo ha dañado mi orgullo, ha sido la ceguera y el atontamiento del amor que no me han permitido ver a tiempo la malaventura que…

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De muertes

Hace algunas noches tuve una conversación de lo más interesante.
Salí a cenar (un mezcal y una cerveza, más cinco tacos) con un amigo, a uno de los buenos bares del parque de la marimba de esta ciudad (bueno, la verdad sólo fuimos por el mezcal y la cerveza, los tacos fueron de otro lugar), y la conversación saltó entre temas de la vida diaria, mujeres, alcoholes, aficiones, arduinos y muerte.
La muerte fue el tema principal. ¿Cómo vivimos la muerte? ¿Cómo mantener la autoestima alta sabiendo que toda acción que hagamos se extinguirá con la muerte?
Las fotos de los muertos, sus recuerdos, la falta que nos hacen y la nada, o el cielo, o el infierno, o a dónde putas quieran irse después de vivos. Y digo quieran porque no tengo calidad científica como para refutar lo que dicen.
En fin, que al final de la conversación, frente a mí y sobre él, estaba este letrero que recordaba que no había tiempo.
Me recordó a un afiche de una película (3.19 nada es casualidad) que mencionaba que «el tiempo no existe».
Pues ya, que sin tiempo y sin vida, nos podremos ir al carajo en cualquier momento pero ni quién se preocupe.
O si, pero luego uno se atormenta de a gratis.

Laura

Desde Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

A mí me gustaba Laura. Cada vez que la veía pasar, sentía que mi corazón paraba. Era mágico y aterrador. El amor es magia. Pero la atracción es aterradora.

Si bien, es difícil elegir de quién nos enamoramos, el decidir quién nos atrae es casi imposible. Es un gran libertinaje. La atracción puede orillarnos al ser más ruin y malvado del barrio (y del mundo también).

Pero este no era el caso de Laura.

De Laura, por ejemplo, me atraía todo.

De altura tenía la necesaria para subir a casi cualquier juego mecánico de la feria, la perfecta para treparse en mis brazos, pero la insuficiente para bajar cosas del estante más alto de la cocina.

Me gustaba el blanco de sus ojos, su sonrisa y hasta la carcajada extremadamente sonora que soltó el día que caí frente a ella.

Sus manos eran deformes. Tan pequeñas que hacían que sus…

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