Pizzería

Terminar un romance en un domino’s pizza es lo peor que puedes hacer en el mundo. También aplica para cualquier otra franquicia, un poco perdonable si eres alérgico al gluten, pero aun así es nefasto. Dar por acabada una historia de amor en ese lugar es no saber valorar los finales. Si bien una despedida no necesita fuegos de artificio, es necesario un lugar que no invite más que al romance, a la nostalgia o a ambas.

En este tipo de pizzerías se pueden dar escenarios tan distintos al que se busca, que harían parecer la despedida como una broma de mal gusto. Ver correr a los niños y a las niñas y escuchar las discusiones de sus padres, no son parte de la ambientación ideal para algo tan serio como terminar un romance. Es más, lo único a tomar en serio en un romance es el inicio y el final. Lo demás debe fluir como mar. Si una balsa llega a buena tierra o no, dependerá de la corriente, aun cuando los tripulantes remen en su contra. Entonces, el subir y bajar de la balsa son las dos decisiones que se deben meditar. Así como iniciar y finalizar un romance.

De algo estoy seguro: un romance que termina en un lugar con tanta iluminación nunca fue bien valorado. ¿Cuántas canciones de desamor podrían nacer ahí?, ¿cuántos tangos y cuántas rancheras nos perderíamos si esto se volviera una costumbre o una moda?

«Ya no quiero nada contigo, ni hijos, ni pizza, ni cuenta de netflix compartida» dirá ella y allí quedará todo. Se esfumará y tres rebanadas de pizza irán directo a los ratones porque, en un momento como ese: ¿Quién tiene hambre cuando el corazón se ha roto?

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Papá

Roger Farrera Esponda sobre llama.

Mi papá nunca fue muy musical. No era alguien que se la pasara todo el tiempo imponiendo sus gustos ante los demás. Sin embargo, si pudiésemos ir a los años ochenta, y sentarnos a tomar café con ese Roger tan joven, tan papá primerizo, tan jovial; podríamos escuchar quedamente, cuando el silencio interrumpiera la conversación, a Elmer Bersntein silbando el tema de los siete magníficos.

Porque eso es él, aunque apenas lo entiendo bien. Durante mi infancia lo quise y lo admiré por ser mi papá y por su trato. Yo pensaba que todos los papás eran así y que todos los hijos amábamos a nuestros padres. Todas las familias eran felices sin importar de cuantos miembros se compusieran. Con el tiempo entendí que no era así. Me di cuenta que amaba a mi papá no por ser mi padre, bueno sí, pero no era la razón principal. Me di cuenta que el amor que le tengo y le he tenido ha sido porque él es un tipazo, Un magnifico.

De niño, cuando no entendía a mi padre, jugaba a ser Superman. Me subía a banquetas, barandales y azoteas para jugar, pero eso era cuando niño. Ahora que soy adulto y que conozco al hombre que me crio, juego a  ser como mi papá.

Ana anA / Ro oR

Hace días entré por error y sin ninguna planeación previa al baño de mujeres de una plaza comercial de mi ciudad. Dentro del baño, choqué con una adolescente uniformada que salía a toda prisa. Ella cayó hacía atrás e intenté levantarla. «¡Degenerado!» me gritó al tiempo que quitaba la mano que le había extendido. Se levantó y huyó de la escena, y fue ahí cuando me di cuenta que era el baño de mujeres en el que estaba. Di un rápido vistazo y me detuve en el espejo del último lavabo. Este tenía escrito, con labial y en cursiva, la palabra «anA», seguida de una leyenda que dictaba: «Llevo cinco años escribiendo mi nombre al revés, como protesta ante la injusticia del orden del mundo».
Ahora era yo quien corría. Me urgía encontrar a esta pequeña Che Guevara adolescente chiapaneca, pero no lo logré. Entonces me di cuenta que había topado con una revolucionaria nata, que ella llevaba consigo una guerrilla de más de cinco años y que posiblemente comenzó en una libreta escolar, quizá con el rótulo de «Historia universal 1» o «Matemáticas 2» y que su lucha había saltado de la escuela a los baños de las plazas comerciales.
Era una idea magnifica. ¿Quién iba a pensar que anA era en realidad Ana?, ojala yo hubiese sido tan original y tan valiente cuando tenía su edad (aunque nunca es tarde para iniciar una revolución). Había escuchado que el amor a primera vista existe, pero ahora sé que es completamente cierto. Yo me enamoré recientemente de un ideal y, desde mi trinchera y a punta de bolígrafos, también acabaré con la injusticia del orden del mundo.

Me llamo Or, y estoy un lustro atrasado en esta revolución.

Del veinticinco de mayo de dos mil diecinueve.

Doscientos treinta y nueve años antes de esta era, había chinos maravillándose ante el espectáculo de ver pasar al fantástico cometa Halley. Muchos años después, en mil novecientos sesenta y uno, el presidente (de los Estados Unidos de América) Kennedy, anunciaba al mundo el inicio del programa Apolo, que llevaría al ser humano a la luna. Por último, en mil novecientos setenta y siete, parte de la humanidad pudo ver como en una galaxia muy muy lejana una minoría se rebelaba contra un Imperio.
El asombro del espacio y sus movimientos, el primer alunizaje, y la imaginación creadora de lugares muy muy lejanos, fueron maravillosas consecuencias de estos tres acontecimientos importantísimos para el entendimiento del espacio y del lugar en donde podemos estar. Pero eso sí, siempre en el ahora.
Al día de hoy, solamente en el reino de imaginación se había logrado atravesar la barrera del tiempo. Por más que se intentara antes, nadie nunca pudo regresar o adelantarse en el tiempo y volver al presente. Excelentes series y libros, incluso pinturas, nos han propuesto métodos para desplazarnos al antes o al después, pero han sido ineficientes en la práctica, hasta ahora.
El veinticinco de mayo del dos mil diecinueve, fui testigo de un auténtico viaje en el tiempo. No fue necesario artefacto científico alguno, ni jacuzzi, ni caseta telefónica, solamente se le pidió amablemente a la mente que acomodara las partículas de taquiones, con el objetivo de poder desplazarse armónicamente a la fecha requerida.
No puedo probarles nada acerca de lo anterior, más que mi palabra de ficciólogo y esta fotografía tomada justo después de regresar al 2019.
Espero un día, ustedes y yo, podamos decir a nuestros amigos “nos vemos en el noventa y nueve”, y regresar para cenar a este año.

Café de las ocho

(Desde Salto al reverso)

Son las ocho de la noche y me he dado cuenta que la taza sucia del café de la mañana sigue en la mesa. Sé que es la misma taza pues nadie ha venido hoy a verme y tampoco amanecí acompañado. A primera vista, pareciera que han vuelto a servir lo que parece un capuchino, pero nadie más que yo está aquí y sé que no he sido yo. Viéndolo de cerca, eso ya no parece ser espuma.

Con mi bolígrafo azul, toco desde lo alto lo que ahora creo que es algodón blanco. Pero tampoco es algodón. ¿Moho?, no, no es eso. Es algo menos denso y más liviano. Me acerco más. Parecen nubes abultadas que cubren por completo el recipiente. Agito un poco y observo una pequeña montaña elevada, con su punta nevada y su falda verde. Calculo que hay más de quinientos árboles maderables dentro de mi taza, y sonrío hacía dentro al pensar que no podría hacer ni siquiera un palillo con todos ellos. Estoy asombrado. Las nubes (¿nubes?), ahora oscuras, se amontonan en los bordes de la taza, ocultando así la parte trasera de la montaña nevada y evitando que yo pueda ver qué hay detrás. Todo parece un sueño. Son las ocho de la noche, en esta ciudad la temperatura es de  treinta y tres grados a la sombra y dentro de mi taza de café llueve. La lluvia golpea el verde valle, baña los árboles y derrite la nieve. La montaña poco a poco se deshace y la taza ya casi ésta llena de líquido nuevamente. Las nubes se precipitan rápidamente, quedan menos de cincuenta árboles y un tercio de montaña. Hay relámpagos y diluvio.

Delante de mis ojos asombrados aparecen de entre los árboles y la montaña, una familia de cavernícolas que se abrazan ante el ahogamiento inminente. La lluvia cesa, todo desaparece y en la taza reina la normalidad nuevamente.

Rosita

Conocí a Rosita en el ochenta y seis. En ese entonces yo pesaba menos de cinco kilos y ella era más delgada y más blanca. Aunque hemos cambiado mucho, yo la he amado desde el primero de agosto de ese año, y ella a mí. Y mucho, mucho, mucho más de lo que yo a ella.

Al principio, tuvimos que acostumbrarnos a convivir, éramos primerizos: ella por primera vez madre, yo por primera vez hijo.

De niño me mimaba mucho. Me regalaba juguetes casi cada domingo. Aunque siempre apoyó mi imaginación, nunca le gustó mi fase emprendedora (tuve un negocio de recolecta a domicilio de desechos orgánicos e inorgánicos que ella nunca aprobó) y no le guardo ni una gota de rencor por ello.

Por otro lado, inventó un monstruo (por ese si guardo una gotita).

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Huérfano

Anoche vi a un huérfano queriendo entrar al panteón después de las once de la noche. La puerta cerrada y el velador le impidieron pasar.
Él gritó e imploró.
Explicó al guardia que su madre y él cenaban está noche juntos todos los años, que la extrañaba mucho y que era el primer mayo sin su madre. El velador no cedió.
El huérfano se retiró de la puerta y a cien metros saltó la barda y desapareció entre las tumbas.