Una anécdota con mi amigo el cuentista.

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Fue un café de martes por la tarde, mientras el esperaba a un amigo, le encontré.

Cabizbajo, con amarillos dientes y cigarrillo en mano, concentrado leía,¿Cuál libro?, no importa eso, realmente nunca importaba porque siempre que le veía, cargaba libros.

De hecho, si intentará recordar un titulo en especifico, muy posiblemente les mentiría.

Como les decía, fue necesario insistir al saludarle ese martes porque el no me veía; Encerrado en su lectura, una caja sin gato, sin Schrödinger, sin vida, como sin respiración y como siempre, sólo eternas letras.
Le salude, como se saluda cuando es por compromiso o  a esos seres a los que no se quiere saludar realmente. La verdad es que ya tenía tiempo sin verle y, a pesar de que el verlo leyendo era seña inequívoca de que estaba bien, la cortesía me obligo a decir Hola esa noche.

Desconcertado y molesto, como cualquier adicto a la lectura haría , alzo la mirada y dijo entre dientes: Ah, hola. y volvió a ignorarme, siguió su lectura hasta que, al parecer, recordó algo importantisimo y grito al mesero exigiendo una pluma. Tomo una servilleta y escribió. Seguidamente, recogió sus cosas, me miro y señalo el papel con la mirada. Algo intento decirme y no dijo “Adiós”,
no dijo nada, solo se fue.
Cogí el papel y lo descubrí.

“No Pidas postre, aquí es malisimo.

Tu amigo el cuentista lo firma y afirma. Créeme. No es cuento”

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