¡Estamos! ¡Estaremos!

¡Estamos! ¡Estaremos! — gritaban las masas. Cientos y cientos de estudiantes que atravesaban la ciudad, de poniente, oriente, norte y sur, hasta el centro de la ciudad.

Por su parte, el pueblo y las autoridades esperaban en sillas con pancartas de apoyo, en la avenida  y calle central.

Las manifestaciones estudiantes, no eran vistas como actos vandálicos ni como formas de afectar la paz citadina. Ahora, los movimientos estudiantiles eran comparados con las entradas triunfales de los conquistadores a la vuelta de batalla, o de los grandes circos que llevaban el conocimiento y los nuevos inventos a los pueblos más alejados.

La entrada de los estudiantes era motivo de júbilo, orgullo y progreso. Ellos defendían, ante todo, el derecho al conocimiento, el deber como creadores y la exigencia de medios y espacios para seguir expresándose.

Las marchas son espontaneas. Quizá por eso gustan tanto. Nacen un día antes, producto de conversaciones que terminan a deshoras. Ebrios de conocimiento. Y llenos de energía, los estudiantes crean chispas donde quiera que se aglomeran, se fusionan en una masa caminante, que llega a cada rincón de la ciudad en forma de gritos, luces y estruendos de fiestas que parecen nunca acabar. Los estudiantes de hoy, se curan la resaca del conocimiento con más conocimiento.

La vida en esta ciudad se ha vuelto mecanizada, y la espontaneidad de la juventud es la mayor fiesta de esta.

 

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