Domingo

—¡Hay café!— Le dije a mi perra emocionado, y preparé la cafetera italiana.

Tenía panqueques que había traído del restaurante de la mañana, un poco de miel y leche condensada en el refri y una pésima programación en la tv. Era la noche de un domingo cualquiera.

La tv llevaba todo el día prendida, había ropa lavada y tendida. Un poco de orden impuesto, que contrariaba toda una semana de llegar a tirar todo por todos lados y dormir.

Un domingo mas sin pintar sillas rosas, sin buscar paredes rosas ni inventar lugares y situaciones fantásticas.

Y al final, no hubo magia, nada de magia. Nada.

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