Paredes Rosas: Carlos Pinto.

 

carlos pinto

Entiendo la frustración de la muerte, pues no ha podido anunciar su llegada.

Carlos Pinto, gran amigo mío, a sus cuarenta y cinco años ha abandonado, esta semana, la vida. Carlos P. dejó una esposa, un gato, dos hijos y muchos amigos. Carlos P. es de esas personas que notas cuando no están.

Carlos escribía en servilletas, en papeles de segundo uso, en etiquetas, en cajas de medicina y de cerillos, en cartones, en las orillas de las revistas y en el periódico. De entre todo lo que salía de su cabeza, él creaba micro cuentos, micro poesía, micro relatos, micro batallas revolucionarias y micro contemplación. Él tuiteaba sin tener twitter.

Los jueves nos reuníamos, junto con otros amigos, a tomar café; y todos los jueves que Carlos nos acompañaba, nos compartía lo que a su parecer, era su mejor invención de la semana.

Con Carlos se podía hablar de casi todo. Tenía una forma muy particular de ver e interpretarla vida. Y no me refiero a su condición de daltónico (aunque culpa tiene), sino a la manera tan subjetiva de describir lo cotidiano. Por ejemplo, él decía que aunque nunca había puesto un pie fuera de este planeta, se sentía flotar en el espacio cada que fumaba tabaco a las tres de la mañana. Él creía que esa hora era particularmente espacial, y así lo percibía. Cuando Carlos describía una flor, jamás hablaba de su color. Mencionaba su aroma, su tamaño, la cantidad de pétalos que tenía, sus fractales, la forma en que toda ella se coordinaba, el viaje en el tiempo que le invadía cuando agarraba un pétalo con cada mano, su historia de vida (que bien podría ser de cuatro horas o de tres décadas), su entorno, sus placeres y sus pecados. Carlos describía todo de una manera asombrosa. Pero no los colores.

Carlos fue un hombre con una historia digna de no ser olvidada, pero no por grandes hazañas, sino por su visión de la realidad.

Él creía en la muerte dramática, por eso le conté acerca del fenómenos de las paredes rosas, de mi investigación y de la cultura precolombina Chuul-tuz-bel. Recuerdo un dejo de tristeza cuando se lo conté. Sus parpados caían lentamente y la boca perdía la sonrisa conforme le hablaba de las marcas en las puertas, de la muerte que caminaba entre los hombres, o de como fue poco a poco ignoradas las señales de la eterna.

Hoy Carlos Pinto esta muerto. Quiero creer que la muerte ha sido benevolente y le ha permitido ver, por primera vez, todos los colores del mundo. Quizá Carlos nunca vio las paredes rosas que le anunciaban el deceso, pues de haberlas visto, nos hubiera dejado hermosas letras describiéndolas.

A propósito de letras, les dejo este micro poema que escribió hace algunos ayeres.

“Remaba el río,

La barca de los olvidados,

Para llegar a los brazos,

Del amor, para no morir de frío.”

 

A Carlos Pinto Lo velan en su casa, a las siete de la noche. La viuda pide de favor que las flores sean de colores varios.

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