Te amo

Cinco letras.

Te amo y plasmo en dos palabras todo el amor que tengo por ti.

Si el tiempo es relativo y el espacio está en constante movimiento, si el ayer nunca existió y el presente ya fue olvidado, puedo aseverar que en cinco letras que te escribo, se almacenan los besos, los paisajes, los autobuses y los aviones, los mares, los abriles y las noches sin dormir, los ronquidos, los coitos matutinos y vespertinos, los coitos nocturnos y de días de guardar, las maravillosas pecas de tu espalda, las ciudades, los pecados y la divinidad de tu sonrisa. Tu sonrisa a toda hora y las discusiones de cafetería. 

En dos palabras cabe todo eso y más. Los momentos, los abrazos, las ausencias, las llamadas de tres horas y cuando estoy y no estoy contigo y pienso en ti. 

Todo y más, en cinco letras, porque te amo.

Más que a un gato

Una vez tuve un gato. Bueno, una gata. Se llamaba Horchata y seguramente fue envenenada. Murió entre semana, un martes día aburrido, martes o jueves, y nunca pregunté la verdadera causa del fallecimiento. seguramente fue envenenada.

Horchata murió temprano. Esa tarde mi madre cocinó espagueti y en la mesa todos ya sabían la noticia menos yo. En ese entonces, el espagueti era mi platillo favorito y Horchata mi gata favorita. 

Un platillo italiano para honrar a una gata mexicana.

Horchata vivió dos o cuatro años. Era gris con manchas blancas, estaba un poco pasada de peso y cuando se desparramaba (sí, desparramaba porque eso que hacía no era acostarse) parecía más una gorda almohada que un tapete. Destruyó un sofá y un florero. Era vengativa si le pisabas la cola pero era una buena gata. Horchata dormía conmigo aun cuando cerraba puertas y ventanas y la dejaba afuera. Ella rompió una malla mosquitera y dos persianas. Pese a eso, Horchata era buena. Nos queríamos. Ella era libre de pasar la noche donde quisiera, pero elegía dormir conmigo.

Yo quería a Horchata cuando iba a la universidad y ella me quiso hasta su muerte. Aún la quiero y, a veces, hasta la extraño. Aunque hoy no mucho.

Lo que sí extraño hoy, y extrañé ayer, anteayer y la semana pasada fue tu cara sonriente. Fue verte feliz mientras me hablabas de los niños del orfanato, sobre el desayuno del día de antes de nuestra última cita y del cómo te hacía feliz ver feliz a la gente.

Porque con la muerte de mi gata no se fue nada. Pero en cada día que no te veo, siento que se va un poquito de todo. Y me estremezco

Catorce minutos

¿Te pasa que en el enamoramiento te olvidas del reloj y los horarios? te dejas el cronómetro en casa y no pones la alarma que indica que tan solo bastan cinco minutos  para vivir una vida, y que ya llevas más de seis minutos pensando en ella, y te vas y te dejas llevar y vuelas. 

El mundo de abajo no se detiene y no te importa porque estás con ella, en el minuto catorce de esa vida, sobrevolando el Pacífico en un avión, en los asientos 34b y 34a mirando el vaivén de las olas  y diciendo con las manos adiós al mar, porque te das cuenta que de amar no tendrás nada con ella, porque son las cinco con cincuenta y cinco de la mañana, el sol se cuela en tu recamara por la ventana, la alarma del despertador suena  y ya es hora de despertar. 

Memoria del desviste 3

Vamos a obviar algo: En 2018, el 14 de enero a las 19:43 horas, te dije por primera vez que te amaba. Ese amor no nació en enero, sino después de una tarde de lluvia, un martes de marzo de 2016. Creció tanto que si tuviera que materializarlo el día de hoy (septiembre de 2019), sería similar a un frondoso árbol de dulces mangos del tamaño de Neptuno.

Obvio lo anterior, ignoremos por un momento ese gran amor que habita en mí, que me rompe por dentro y que me reconstruye pedazo a pedazo para poder verte cada que mis ojos se acercan a ti. 

Ignorando el amor, no puedo seguir contigo. Y no por mí, sino porque el amor que me tienes hoy, si tuviera que materializarlo, sería del tamaño de la mitad de la más pequeña semilla de mostaza del mundo, y no tengo fe ni esperanza para creer que esto, que hasta hoy ha coexistido en nosotros, genere nuevamente frutos.

Desde “al lado del camino”

 Los buenos enemigos debemos ser corteses entre nosotros y ante todo. Mucho más que entre amigos, porque los amigos se tienen cariño pero los (buenos) enemigos estamos obligados a tenernos respeto. Respeto desde alguien que está a tu altura, que piensa diferente y que buscará la manera de vencerte.
Claro, hablo de los buenos enemigos, que son los que cuentan. Porque podrías decirme que también hay malos enemigos pero, déjame aclarar: ¡Los malos enemigos no son enemigos!, sino niños que mean en sus calzones y buscan pelea con el mundo que los observa. Al enemigo hay que tenerlo cerca y abrazarlo ( y abrasarlo también).

Memoria del desviste (2)

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Carta I

Es tan injusto que preguntes si pienso en ti. Es muy grosero de tu parte. Aún recuerdo aquel vestido de lunares cayendo al suelo, desnudando tus pechos y dejándote con la luz de tu alcoba iluminándote sin bragas.

Es agresivo que creas que te he olvidado. Al calendario no le he quitado ninguna hoja desde que te fuiste, aquí sigue siendo veintiuno de febrero. La cama huele a ti y la cocina todavía tiene la mancha que dejaste.

Si tan solo yo no te hubiera desvestido nunca, hoy sería feliz. Hoy sería un día cualquiera y no el trescientos cuatro desde tu partida. La memoria del desviste me atormenta. Muero, muero y vuelvo a morir muchas veces más cada que te veo pasar vestida en alguna avenida.