LA revolución de abril

La revolución de abril comenzó en la biblioteca central. Por eso se le conoció como «La revolución de los libros».

Decenas de estudiantes arrojaban libros incendiados a las oficinas municipales. Elaborar bombas molotov era mucho más económico, pero incendiar edificios con libros tenía más significado. Más símbolo.

El petróleo registraba su peor momento en más de medio siglo; sin embargo, los cócteles, baratos y eficaces, comenzaban a ser olvidados.

El fuego llegaba lento a los edificios. Los consumía con parsimonia. Moría el gobierno y la cultura. La revolución había iniciado con y contra todo.

Recuerdo bien un día de ese abril. fue un veintitrés, a las diez de la mañana. Un Tom Sawyer surcó el cielo, prendido, decidido a romper los vidrios de la biblioteca central. Le siguió Don Quijote, Sherlocks Holmes, varios Murakamis, Faustos y Coelhos. Todos juntos en una sola misión: Cambiar el orden de las cosas.

A las ocho de la noche, la biblioteca iluminaba el pueblo. Revolucionarios y policías se tomaban de la mano y cantaban Kumbaya. Yo estaba allí. El fuego se reflejaba en nuestros ojos y corazones. Mi mano derecha tomaba la mano de un desconocido, y mi izquierda tomaba a Nancy.

Quemamos muchas bibliotecas y librerías. Nos volvimos adictos al fuego. Cazábamos los libreros particulares y hasta los libros de contabilidad ardieron.

Para noviembre, mi triste noviembre, se acabaron los libros y la lucha. La revolución estaba casi ganada y teníamos que decidir entre usar cócteles Molotov o las imprentas. 

No fue necesario imprimir más libros ni comprar gasolina. Los poetas salvaron la revolución. Ellas y ellos entraban al centro de los edificios, recitaban el fragmento de un poema y se auto inmolaban.

Nunca supe cual fue el poema que recitó Nancy, pero sé que no hablaba de nosotros dos.

Distintos métodos para observar a Marte

PhotoGrid_1549341816812
Foto intervenida.

Entonces ni vos ni yo habíamos nacido, pero el universo ya sabía dos cosas: que yo no podría dibujar bien y que tú traerías la imagen del firmamento en tu rostro.

Era 1972, los humanos querían ver  Marte y aún no eran conscientes de los caprichos del cielo.

Años antes, los científicos construyeron telescopios de diversos tamaños, los colocaron en islas y desiertos alejados de las grandes ciudades. Observaban, estudiaban, hacían teorías y aunque conseguían montañas de información, los datos que recababan no eran suficientes. Querían más y sabían que la respuesta estaba afuera. Entonces el cielo se llenó de cohetes.

También hubo, en tiempos ancestrales,  quienes con los dedos dibujaban héroes y bestias celestes que desde arriba, daban sentido al destino de todos los habitantes de la tierra. Ellos eran los primeros dioses de la noche, pero poco a poco fueron siendo olvidados. La ciencia ganaba rápidamente terreno y, debido a ello, poco a poco perdíamos el gusto a romantizar las estrellas.

Llegó el cuatro de febrero, era 1972 y una sonda espacial mandaba algunas de las primeras fotos de Marte. Los científicos estaban alegres pero no era suficiente. La ciencia nunca se conforma y pide y pide más.

Entonces era imposible saber que había otros métodos de observar las estrellas.

Años después, en el milenio siguiente, un científico griego descubrió que a horas determinadas se podían observar Urano y Marte en un pequeño rostro mexicano. La simetría y escala eran perfectas. Con luz solar, parecían tener sombra propia.

Un verdadero misterio, ¿pero qué rostro no lo es?

 Se ayudó de una lupa para acercarse a Marte. Se maravilló de lo lindo. Después de una hora observando, vio que por el horizonte se asomaron Fobos y Deimos. El lunar no era lunar, sino una representación a escala del planeta rojo. Un universo de probabilidades se abría paso desde las mejillas de una mujer hispanoamericana, y el científico no podía esperar más.

Con el microscopio se acercó tanto a Marte que el lente se empañaba. Recorrió los ojos, la nariz, las dos mejillas. Encontró que no estábamos tan equivocados, que el universo era inmenso sin importar de donde lo encontrabas. Hasta veían el reflejo del sol en verano. Cada lunar de su cara era una estrella, y cada estrella una declaración de exploración.

Memoria del desviste (2)

whatsapp image 2019-01-30 at 20.24.15

Carta I

Es tan injusto que preguntes si pienso en ti. Es muy grosero de tu parte. Aún recuerdo aquel vestido de lunares cayendo al suelo, desnudando tus pechos y dejándote con la luz de tu alcoba iluminándote sin bragas.

Es agresivo que creas que te he olvidado. Al calendario no le he quitado ninguna hoja desde que te fuiste, aquí sigue siendo veintiuno de febrero. La cama huele a ti y la cocina todavía tiene la mancha que dejaste.

Si tan solo yo no te hubiera desvestido nunca, hoy sería feliz. Hoy sería un día cualquiera y no el trescientos cuatro desde tu partida. La memoria del desviste me atormenta. Muero, muero y vuelvo a morir muchas veces más cada que te veo pasar vestida en alguna avenida.

Trotamarilla

 

Retama era una trotamarilla y, como toda trotamarilla, vivía paseando y saltando entre objetos y luces de tonalidades amarillas. Le gustaba mucho dejar que la suerte y el azar fueran quienes dirigieran su destino. Amaba las mañanas en que amanecía en lugares nuevos y extraños.

Sigue en: Trotamarilla  (Salto al reverso)

Después de las dos de la mañana.

—Mamá, ¿Dónde está papá, que no lo he visto? —Preguntó Adela.

La madre meditó largo tiempo antes de responder. No le era fácil explicar a su hija que su padre había sido secuestrado noches atrás. Dio un respiro y comenzó a decir:

Hace tres noches papá no podía dormir, y pese a que tenemos prohibido en casa ver tv después de las dos de la mañana, él bajó a la sala y la prendió. Yo, Pensando que se había quedado dormido, bajé por él para pedirle que regresara a la cama conmigo, pero no lo vi.

La televisión seguía prendida, las luces apagadas y los muebles en su lugar. Solamente la alfombra, estaba movida de tal forma que, aparentaba haber sido jalada desde bajo de la tv.

Seguir leyendo “Después de las dos de la mañana.”