Aves mensajeras

#dibutrauma de hombre conversando con pequeñas aves azules.

—¡Las escuché, por fin!— te dije emocionado. Y del asombro te quedaste callada.

Llevaba tres meses desde que perdí mi trabajo, observando  a las avecillas que llegaban por los trozos de tortilla seca que les depositábamos en la repisa de la ventana del departamento. Dejaba mi mente en blanco, o lo intentaba, y esperaba entender sus cotilleos, con el plan de lograr comunicarme con ellas y crear la empresa de pajaros mensajeros que me sacaría de este desempleo. 

Me preguntaste qué me habían dicho y si estaban dispuestas a trabajar para mí. Te dije que su comunicación era muy rudimentaria, que parecían  gringos hablando español y que con las alas incluían sonidos a su lenguaje.

Lo que no te dije, fue que me hablaron de ti, que así como a mí, les encanta ver tu sonrisa en las mañanas y en las tardes y en las noche, que son fanáticas de los momentos en que frunces los labios y que les gusta mucho (quizá más que a mí) las mañanas en las que te levantas con el cabello descompuesto y esperas a que te digas que te ves muy bonita. Y dijeron que saben que no te miento cuando te lo digo.

También me dijeron que aún tienes el corazón roto, que yo lo voy tejiendo poquito a poquito y pedacito a pedacito, pero que aún no es suficiente y, para mí asombro, dijeron que también se dieron cuenta que el mío no está tan sano como creo, que tengo muchos fantasmas y muchas sombras y que tú linterna ilumina mucho pero alumbra poco. Que te falta poco para llegar al interruptor que aleja a la oscuridad de la alcoba pero que se esconde (el interruptor). 

Lo que descubrí conversando con estas aves es que vamos a nuestro ritmo, que podemos seguir así, que no lo adelantemos y que no sirven para mensajería, pero sí para espionaje corporativo. Ya les estoy enseñando a ubicar en la ciudad las oficinas de Nike y Reebok y las de Femsa y Pepsico.

Sobre la muerte de mi gato

Murió mi gato y lo extraño. En vida era gris con pequeñas manchas blancas, pero ahora es azul.

Los gatos no abandonan este plano tan fácilmente y eso me tiene muy preocupado. Aquí justo, junto a mi computadora, a mis libretas y a mis libros, está mi gato. Me duele no verlo. Sé que está aquí al lado y seguramente tiene hambre o, por lo menos, antojo de comida. ¿Cómo lo sé? fácil, son las ocho de la noche y a las ocho cena. Cenaba.

Me gusta pensar que mi gato, que ahora es azul, cuida mis noches y mis mañanas, que me despide desde la puerta cuando me voy al trabajo. que ronronea aunque no lo escuche, que mira la tv conmigo y que caza vacíos cuánticos de los cuales ya forma parte.

Estoy triste y quiero tener otro gato, pero, sí él sigue aquí (aunque sea azul), ¿Qué pensará cuando vea a otro gato ver la tv conmigo? no, no podría arriesgarme a lastimar a mi gato azul así. 

No puedo tener otro gato porque mi gato no me abandonó. Él solamente se adelantó a la inexistencia para preparar mi bienvenida cuando llegue a “vivir” con él. 

Ana anA / Ro oR

Hace días entré por error y sin ninguna planeación previa al baño de mujeres de una plaza comercial de mi ciudad. Dentro del baño, choqué con una adolescente uniformada que salía a toda prisa. Ella cayó hacía atrás e intenté levantarla. «¡Degenerado!» me gritó al tiempo que quitaba la mano que le había extendido. Se levantó y huyó de la escena, y fue ahí cuando me di cuenta que era el baño de mujeres en el que estaba. Di un rápido vistazo y me detuve en el espejo del último lavabo. Este tenía escrito, con labial y en cursiva, la palabra «anA», seguida de una leyenda que dictaba: «Llevo cinco años escribiendo mi nombre al revés, como protesta ante la injusticia del orden del mundo».
Ahora era yo quien corría. Me urgía encontrar a esta pequeña Che Guevara adolescente chiapaneca, pero no lo logré. Entonces me di cuenta que había topado con una revolucionaria nata, que ella llevaba consigo una guerrilla de más de cinco años y que posiblemente comenzó en una libreta escolar, quizá con el rótulo de «Historia universal 1» o «Matemáticas 2» y que su lucha había saltado de la escuela a los baños de las plazas comerciales.
Era una idea magnifica. ¿Quién iba a pensar que anA era en realidad Ana?, ojala yo hubiese sido tan original y tan valiente cuando tenía su edad (aunque nunca es tarde para iniciar una revolución). Había escuchado que el amor a primera vista existe, pero ahora sé que es completamente cierto. Yo me enamoré recientemente de un ideal y, desde mi trinchera y a punta de bolígrafos, también acabaré con la injusticia del orden del mundo.

Me llamo Or, y estoy un lustro atrasado en esta revolución.

Del veinticinco de mayo de dos mil diecinueve.

Doscientos treinta y nueve años antes de esta era, había chinos maravillándose ante el espectáculo de ver pasar al fantástico cometa Halley. Muchos años después, en mil novecientos sesenta y uno, el presidente (de los Estados Unidos de América) Kennedy, anunciaba al mundo el inicio del programa Apolo, que llevaría al ser humano a la luna. Por último, en mil novecientos setenta y siete, parte de la humanidad pudo ver como en una galaxia muy muy lejana una minoría se rebelaba contra un Imperio.
El asombro del espacio y sus movimientos, el primer alunizaje, y la imaginación creadora de lugares muy muy lejanos, fueron maravillosas consecuencias de estos tres acontecimientos importantísimos para el entendimiento del espacio y del lugar en donde podemos estar. Pero eso sí, siempre en el ahora.
Al día de hoy, solamente en el reino de imaginación se había logrado atravesar la barrera del tiempo. Por más que se intentara antes, nadie nunca pudo regresar o adelantarse en el tiempo y volver al presente. Excelentes series y libros, incluso pinturas, nos han propuesto métodos para desplazarnos al antes o al después, pero han sido ineficientes en la práctica, hasta ahora.
El veinticinco de mayo del dos mil diecinueve, fui testigo de un auténtico viaje en el tiempo. No fue necesario artefacto científico alguno, ni jacuzzi, ni caseta telefónica, solamente se le pidió amablemente a la mente que acomodara las partículas de taquiones, con el objetivo de poder desplazarse armónicamente a la fecha requerida.
No puedo probarles nada acerca de lo anterior, más que mi palabra de ficciólogo y esta fotografía tomada justo después de regresar al 2019.
Espero un día, ustedes y yo, podamos decir a nuestros amigos “nos vemos en el noventa y nueve”, y regresar para cenar a este año.

Café de las ocho

(Desde Salto al reverso)

Son las ocho de la noche y me he dado cuenta que la taza sucia del café de la mañana sigue en la mesa. Sé que es la misma taza pues nadie ha venido hoy a verme y tampoco amanecí acompañado. A primera vista, pareciera que han vuelto a servir lo que parece un capuchino, pero nadie más que yo está aquí y sé que no he sido yo. Viéndolo de cerca, eso ya no parece ser espuma.

Con mi bolígrafo azul, toco desde lo alto lo que ahora creo que es algodón blanco. Pero tampoco es algodón. ¿Moho?, no, no es eso. Es algo menos denso y más liviano. Me acerco más. Parecen nubes abultadas que cubren por completo el recipiente. Agito un poco y observo una pequeña montaña elevada, con su punta nevada y su falda verde. Calculo que hay más de quinientos árboles maderables dentro de mi taza, y sonrío hacía dentro al pensar que no podría hacer ni siquiera un palillo con todos ellos. Estoy asombrado. Las nubes (¿nubes?), ahora oscuras, se amontonan en los bordes de la taza, ocultando así la parte trasera de la montaña nevada y evitando que yo pueda ver qué hay detrás. Todo parece un sueño. Son las ocho de la noche, en esta ciudad la temperatura es de  treinta y tres grados a la sombra y dentro de mi taza de café llueve. La lluvia golpea el verde valle, baña los árboles y derrite la nieve. La montaña poco a poco se deshace y la taza ya casi ésta llena de líquido nuevamente. Las nubes se precipitan rápidamente, quedan menos de cincuenta árboles y un tercio de montaña. Hay relámpagos y diluvio.

Delante de mis ojos asombrados aparecen de entre los árboles y la montaña, una familia de cavernícolas que se abrazan ante el ahogamiento inminente. La lluvia cesa, todo desaparece y en la taza reina la normalidad nuevamente.

18 junio

Ayer te ví vestida de flores. Pensé inmediatamente en el personaje del Principito y en la tarde en que Antoine Marie Jean-Baptiste Roger de Saint-Exupéry escribió sobre la rosa.
Pienso en eso porque, maravillado con tu presencia, he creado un ser microscópico que descubre una flor aún más microscópica, y que (él) la presume como si fuera la más grande flor del universo.
Así tú, ataviada de flores, desde ayer reinas el universo del micro ser que vive en mi recién inventado microcuento.

De paredes rosas (08/06/18)

Siglos atrás, a los locos se les expulsaba de las ciudades en naves sin capitán y sin rumbo, que viajaban río abajo buscando puertos ajenos donde encallar.
La tarde de ayer, durante la lluvia, «el Guante» perdió la vida al lanzarse desde un puente. Una noticia que a todos nos sorprendió, pues el Guante amaba vivir, o eso creímos siempre. La locura es incomprensible.
Hasta este momento (de la publicación), ningún parroquiano ha ofrecido encargarse de la ceremonia luctuosa. Que poca suerte tienen los locos.
Por su parte, el colectivo Rarezas hará un grafiti inspirado en la «Nave de los locos» del Bosco, con el Guante como capitán.
Final justo para un amante de la vida. Quizá el guante solo quería nadar, y pensó que la lluvia había subido el nivel del agua lo suficiente como para darse un buen chapuzón, pero no.
Descanse en Paz, el Guante.

Las rocas no hablan

Encontré una fecha sin año y sin razón.
A pocos metros de ella, una súplica escrita con arena y musgo en una roca de río.  No era español y mucho menos tenía alguna grafía reconocible, pero el caos que la roca traía gritaba algo. Algo que decía más o menos así: «Tengo que decirte que traigo tu nombre bailando en mis labios desde la primer palabra que dije en la mañana y, creo, no podre aguantar a la noche sin mencionarte.» Creo lleva así tantos años que ahora es roca, y se ha olvidado como hablar.

Creo que «la que no menciona» algún día le dijo que las rocas no hablan, y se quedo callada para siempre