Botica

A veces fantaseo con la posibilidad de que mi cerebro tuviera una opción para poder desconectarme por un tiempo de mis recuerdos para poder ser feliz un tiempo determinado. O, por lo menos, poder llegar a la botica y decir: “dame tres semanas de olvido, que me voy de vacaciones”; o “bórrame los últimos tres años, que he conocido una chica muy mona y quiero intentarlo todo”; o simplemente llegar, con la sonrisa baja, y pedir que “la borren por completo, que tengo muchas ganas de volver a ser feliz”.

Memoria del desviste (2)

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Carta I

Es tan injusto que preguntes si pienso en ti. Es muy grosero de tu parte. Aún recuerdo aquel vestido de lunares cayendo al suelo, desnudando tus pechos y dejándote con la luz de tu alcoba iluminándote sin bragas.

Es agresivo que creas que te he olvidado. Al calendario no le he quitado ninguna hoja desde que te fuiste, aquí sigue siendo veintiuno de febrero. La cama huele a ti y la cocina todavía tiene la mancha que dejaste.

Si tan solo yo no te hubiera desvestido nunca, hoy sería feliz. Hoy sería un día cualquiera y no el trescientos cuatro desde tu partida. La memoria del desviste me atormenta. Muero, muero y vuelvo a morir muchas veces más cada que te veo pasar vestida en alguna avenida.

0300

Muero de sueño. Son las tres de la tarde y no logro mantenerme despierto.
Enciendo un cigarrillo, fumo y mis ojos se cierran con voluntad propia y la realidad toma un descanso.
Todo es oscuridad y el pasado vuelve.
Te tomo nuevamente en mis brazos y te pido y ruego que no te vayas. No dices nada. El silencio se rompe cuando alguien, afuera, pasa diciendo «buenas tardes» y despierto.
Son las tres con cinco dos minutos de la tarde de hoy lunes, el cigarrillo se consume sin parar y el tiempo corre.

Memoria del desviste (1)

1.

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Las medias nacen, como todo lo importante, de una o un conjunto de ideas. Algunas veces en la mesa de un bar, en un vehículo en movimiento, en la regadera, en el bosque o en medio de una tormenta.

Es grosero de nuestra parte olvidar felicitar a la cuarta copa que, llena de licor, ordenó las neuronas e idealizó la ruta para crear la prenda. Tampoco agradecemos a la gota número trece mil cuatrocientos noventa y tres, que cayó en la parte correcta del cuerpo, para activar la creatividad y gestar la idea.

¡Olvidamos al verdadero detonante!

Basta el maullido de un gato color negro, a la hora correcta, para que alguien dibuje una prenda, la fabrique, la coloque en un anaquel o exhibidor, sea comprada, sea utilizada, sea admirada, sea participe de un espectáculo privado, sea liberada y sea olvidada por varias noches bajo la cama.

La memoria del desviste se olvida de la prenda poco tiempo después de ser expulsada.