Aves mensajeras

#dibutrauma de hombre conversando con pequeñas aves azules.

—¡Las escuché, por fin!— te dije emocionado. Y del asombro te quedaste callada.

Llevaba tres meses desde que perdí mi trabajo, observando  a las avecillas que llegaban por los trozos de tortilla seca que les depositábamos en la repisa de la ventana del departamento. Dejaba mi mente en blanco, o lo intentaba, y esperaba entender sus cotilleos, con el plan de lograr comunicarme con ellas y crear la empresa de pajaros mensajeros que me sacaría de este desempleo. 

Me preguntaste qué me habían dicho y si estaban dispuestas a trabajar para mí. Te dije que su comunicación era muy rudimentaria, que parecían  gringos hablando español y que con las alas incluían sonidos a su lenguaje.

Lo que no te dije, fue que me hablaron de ti, que así como a mí, les encanta ver tu sonrisa en las mañanas y en las tardes y en las noche, que son fanáticas de los momentos en que frunces los labios y que les gusta mucho (quizá más que a mí) las mañanas en las que te levantas con el cabello descompuesto y esperas a que te digas que te ves muy bonita. Y dijeron que saben que no te miento cuando te lo digo.

También me dijeron que aún tienes el corazón roto, que yo lo voy tejiendo poquito a poquito y pedacito a pedacito, pero que aún no es suficiente y, para mí asombro, dijeron que también se dieron cuenta que el mío no está tan sano como creo, que tengo muchos fantasmas y muchas sombras y que tú linterna ilumina mucho pero alumbra poco. Que te falta poco para llegar al interruptor que aleja a la oscuridad de la alcoba pero que se esconde (el interruptor). 

Lo que descubrí conversando con estas aves es que vamos a nuestro ritmo, que podemos seguir así, que no lo adelantemos y que no sirven para mensajería, pero sí para espionaje corporativo. Ya les estoy enseñando a ubicar en la ciudad las oficinas de Nike y Reebok y las de Femsa y Pepsico.